Después del accidente de Tokai, las compañías encargadas de producir electricidad se encontraron en una presión mayúscula para reconsiderar sus análisis de inversión en las plantas de energía nuclear también debido a la apertura y a la competitividad internacional. Sus monopolios regionales encontraron nuevos competidores y bajo esas circunstancias la energía nuclear ya no fue tan competitiva como lo era hace una década sino que necesitará mayores inversiones fijas para salvaguardar la seguridad de las plantas.
En ese sentido, las compañías del sector eléctrico se encuentran ante la encrucijada de suspender la construcción proyectada de nuevas plantas nucleares o transferirlas al exterior aunque esta última no constituya una solución viable en los tiempos actuales8 . La complicación fundamental estriba en que muchas compañías eléctricas planearon construir un total de 21 reactores de energía nuclear y elevar la capacidad actual de 44.91 millones de Kilowatts a cerca de 70 millones para fines del año 2010.
Obviamente la inversión toma tiempo y queda ya muy poco para tomar las decisiones que conduzcan a alcanzar las metas de demanda para el 2010. Incluso sin el incremento sustancial en la demanda, el virtual estancamiento del desarrollo de la energía nuclear requerirá de un cambio en la mezcla de combustible a mediano plazo. Las empresas eléctricas ya analizan sus planes bajo esas condiciones de competitividad y en la medida en que se haga más difícil establecer plantas nucleares, la inversión en la energía nuclear se hace también menos atractiva.
Vale señalar que la intención de construir más plantas de energía nuclear estuvo vinculada a la posición japonesa para enfrentar el calentamiento global acordado en la Conferencia Internacional sobre Prevención del Calentamiento Global celebrada en la ciudad de Kyoto en 1997 en la cual el gobierno japonés se comprometió a disminuir las emisiones de dióxido de carbono en un 6% con relación a sus niveles de 1990.
De conformidad con esa obligación, la industria de energía eléctrica japonesa, que contabiliza un cuarto del total de las emisiones en Japón, diseñó planes para incrementar el número de plantas de energía nuclear y cortar las emisiones de substancias generadoras de ozono. El accidente de Tokaimura, los problemas con el reactor Monju y la necesidad de aumentar su abastecimiento de petróleo pusieron un freno substancial a ese propósito.
Para complicar las cosas, el accidente de Tokai ha traído como consecuencia que Japón duplique su dependencia del exterior en lo referente al proceso de combustible nuclear una vez que se revocó el permiso de operación a la Compañía que operaba la planta accidentada. La pérdida de la licencia tuvo el efecto de invertir la proporción actual de casi 70 por ciento de proceso de combustible nuclear que se lleva a efecto dentro de Japón.
Con la cancelación de la licencia, las compañías de energía eléctrica que trabajan las plantas de energía nucleares se verán obligadas a transferir la tarea del procesamiento, cuando así se pueda, a las plantas extranjeras. En razón de eso, Japón se quedará con sólo una empresa de proceso de combustible nuclear, Mitsubishi, que no podrá proporcionar las casi 900 toneladas de combustible de uranio usadas anualmente en la generación de energía nuclear de la nación. De esas 900 toneladas, la compañía de Tokai procesaba unas 360 toneladas anualmente.
De ahí que a dos años del accidente en Tokaimura y del virtual abandono de su política petrolera, el gobierno japonés se encuentra en búsqueda de una nueva política energética nacional que equilibre su balance energético y le permita continuar su recuperación económica. La tarea no es fácil habida cuenta de que la definición de esa política permanece poco clara y saltan a la vista numerosos obstáculos producto de la globalización y de las nuevas realidades en su estructura social.
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